Llevábamos apenas 3 meses de convivencia y, tras una estresante mudanza y una no menos compleja adaptación al cambio, sentimos la necesidad de tomar nuestras primeras vacaciones juntos (quizá prematuras para algunos, jamás para los amantes de viajar).
Después de barajar varias posibilidades dimos con lo que sería nuestro (s) próximo (s) destino (s).
La ciudad de Mendoza fue nuestra primera parada. Estuvimos menos de un día porque el destino final era Potrerillos, localidad que se encuentra a 53km de la ciudad.
Pero nuestro primer día no pasó desapercibido. El vuelo llegó al Plumerillo a las 07:55 AM y hasta poder ocupar nuestra habitación en el hostel que habíamos reservado (para un día no valía la pena un departamento) teníamos varias horas por delante. Fuimos a Los Álamos, dejamos las valijas (en general la gente no tiene problema de guardarlas hasta el check-in y después del check-out. Consulten siempre) y arrancamos a caminar hasta el parque General San Martín, el más grande de la ciudad.
Ya con los pulmones llenos de montaña y para sumarnos a la esencia mendocina, empezamos el ascenso al Cerro de la Gloria, un imperdible para todo aquel que visite este ciudad.

Parque San Martín 
Cerro de la Gloria
Como no queríamos desaprovechar ni un minuto, en el momento que pusimos un pie en el aeropuerto reservamos un tour que incluía visitas a 2 bodegas, una olivícola y una licorería. Es que si estás por Mendoza no podés no hacer uno de éstos. La tierra del vino lo amerita (ACÁ LES DEJAMOS EL LINK)
A las 3 de la tarde Grupo Cepas nos pasó a buscar por el hostel y arrancamos.
La primer parada fue VISTANDES, una típica bodega boutique. Hicimos un recorrido y una degustación con vista a lo que nos había motivado para este viaje: las montañas.
La segunda fue una bodega familiar, mucho más rústica y con más historia. Camila fue la encargada de hacernos el tour por DON ARTURO donde nos enseñó el proceso tradicional del vino y varias historias escondidas. Al final, obvio, una degustación y la posibilidad de comprar los vinos que te hayan gustado.
*TIP: en el avión podés llevar hasta 6 botellas de vino en cabina. Igualmente en todos las vinotecas mendocinas saben bien esta regla,
El recorrido siguió por la olivícola PASRAI, una fábrica de aceite de oliva muy tradicional. El tour en este caso consistió en conocer el proceso de la fabricación del aceite y al final una nueva degustación en donde conocimos al amor gastronómico de nuestras vidas: la pasta de tomates secos. También nos ofrecieron diferentes aceites y más pastas. Todo estuvo excelente, recomendamos en serio.
La última parada de nuestro recorrido fue la licorería A LA ANTIGUA. Allí se producen distintos tipos de mermeladas y licores, entre otras cosas. Obvio, probamos de todo. El cierre perfecto para este tour de un día.

Llegamos al hostel tan cansados del día que ni siquiera tuvimos fuerzas para cenar. Nos fuimos a dormir directamente sabiendo que a la mañana nos esperaba un nuevo destino (y el gran desayuno del hostel).
A Potrerillos llegamos en el colectivo 402 Mendoza-Uspallata de la empresa Buttini (la única que circula por la zona). Fue un viaje de 2 horas y nos dejó en la puerta de nuestro próximo alojamiento: Cabañas Michu.
Hugo, el encargado, nos esperaba contento. En los días que nos quedaríamos ahí descubriríamos que era de CABA, que se fue a Mendoza en busca de una vida más tranquila con su mujer y sus hijas y, sobre todo, que era (es) una gran persona.
En Potrerillos no hay mucho para hacer más que descansar. Pero, sin bien nuestro espíritu viajero se estaba despertando, era lo que habíamos ido a buscar.
El segundo día habíamos decidido bajar al Embalse de Potrerillos a tomar unos mates porque, acostumbrados a la gran ciudad, pensábamos que el colectivo que teníamos en la puerta pasaba cada 20 minutos como mucho. ERROR. La vida lejos de Buenos Aires es relajada, así como los horarios del transporte público.
El colectivo no venía pero nuestro plan seguía intacto así que empezamos a caminar. Las vistas que teníamos hacían todo el trayecto más fácil. Después de unos cuantos kilómetros el colectivo hizo su aparición y nos alcanzó el resto del camino.
El embalse lo valió. La tranquilidad, el color del agua y las montañas nos regalaron el mejor momento de las vacaciones.
Al tercer día teníamos contratada una excursión (también con Cepas) por el camino hasta Los Andes (LINK ACÁ). Uspallata, Penitentes, el Puente del Inca y el Cristo eran los destinos.
El micro nos pasaría a buscar por el Embalse a la mañana temprano y confiábamos en el primer colectivo del día para llevarnos hasta allá. Le habíamos contado a Hugo de nuestra idea y a las 6 am estaba parado con nosotros, haciéndonos compañía. «Mejor los llevo yo, esperen que saco el auto».
El gesto de Hugo hizo que disfrutáramos de todo el triple.
La excursión estuvo buena, los paisajes que ofrece Mendoza son increíbles y cada uno merece la pena. Aún así, los viajes que incluyen muchas cosas en un día pocas veces dejan apreciar a fondo cada una. Si van en invierno, el paseo a Uspallata y Penitentes es mucho mejor porque la nieve se hace presente pero, por el contrario, los días despejados y el calor de fines de verano son ideales para visitar el Puente del Inca y el Cristo (como está en altura, en invierno el frío debe ser extremo).
Y así se pasaron nuestros días en Potrerillos, entre montañas, colectivos, matambres a la pizza a las 4 PM y mucha tranquilidad. Listos para encarar nuestro próximo destino.
La semana que estuvimos en Chile la dividimos entre Viña del Mar, Valparaíso y Santiago.
Viña fue lo que no esperábamos. Debemos confesar que, una vez que apuntamos en nuestro itinerario esta ciudad, nos encontramos ante la incertidumbre de qué hacer ahí (no habíamos escuchado mucho más que el Festival y sus playas). Si bien tampoco hay mucho más por visitar, el aire veraniego de esta ciudad es todo lo que está bien. Fuimos al Reloj de Flores, al Castillo Wulff , a la Quinta Vergara, y caminando llegamos hasta Reñaca. En cada calle de Viña del Mar se puede sentir la brisa de un Pacífico que, a esa altura, viste un celeste digno de una de las mejores playas de sudamérica.

Nos hospedamos en Coraceros Apartment: Un monoambiente en el cual se destaca su hermosa vista. Como es chiquito, es ideal para pasar unos pocos días.
El departamento estaba a 2 cuadras de la playa y a 5 del shopping, así que no fue difícil disfrutar de nuestra estancia. Los gustos culinarios no faltaron: Dunkin Donuts y aceitunas rellenas por doquier.
Viña se convirtió para nosotros en un destino de esos de los que no esperás nada y te llevás mucho.
Una de las ventajas que tienen los países chicos es que de una ciudad a otra, se puede llegar en poco tiempo y con poco dinero. Tal es el caso de Viña y Valparaíso, a la cual llegamos en un colectivo de línea en tan sólo 40 minutos.
Es la clásica ciudad portuaria: con su aire bohemio, las coloridas casas que adornan los cerros y el tranvía como principal transporte, se convierte en una parada obligatoria para cualquier turista. Estuvimos tres días, pero con uno sólo basta para captar su esencia.


En «Valpo», el alojamiento fue de lo más destacado. Era el cumple de Cande y no reparamos en gastos (o sí pero no tanto como siempre). Esta vez nos esperaba el Geopark, un edificio moderno que lo tiene todo: pileta, gimnasio, supermercado y hasta una sala de cine. El departamento le hacía justicia a todo lo demás. Una gran elección.
Viña del Mar y Valparaíso están tan cerca y son tan diferentes que las dos merecen un paso por ellas.
La capital Chilena fue nuestra última parada en el país vecino. Viajamos en micro (unas 3hs de viaje) y, después de un corto tramo en subte, llegamos a Bellas Aparts, el departamento que habíamos elegido para estos últimos 3 días.
Haciendole honor a «las vacaciones» no hicimos la gran turisteada en Santiago. Sí fuimos a los destinos típicos: la Plaza de Armas, el Palacio de la Moneda y su centro cultural y el cerro Santa Lucía, que tiene una vista a las montañas increíble. Todo estaba ubicado a menos 10 minutos del departamento así que la ubicación fue clave.
Nuestros días se dividieron entre mates en los parques, paseos, comida y, obvio, shopping (con visita al cine incluida). Santiago nos pareció una ciudad tan linda que no tuvimos necesidad de buscar cosas para hacer para disfrutarla.

Después de casi 7 días llenos de alegría y disfrute sentíamos que nos faltaba algo que no tardó en aparecer… LOS PROBLEMAS.
El primero se nos presentó cuando, pensando que teníamos tiempo y sabíamos a dónde teníamos que ir, nos equivocamos de estación de micros para volver a Mendoza. Cuando nos dimos cuenta que estábamos en otro lugar la hora se nos vino encima. Y empezamos a correr… estábamos sólo a 5 cuadras pero que, en ese momento, se hicieron eternas. Lo único que podíamos pensar es que íbamos a perder el micro.
Pero cuando llegamos estaba ahí, esperándonos (en realidad se había retrasado la salida). Ya relajados nos sentamos a recuperar el aliento y encarar el viaje que teníamos por delante. Eso no sería todo…
Nuestra última parada era San Rafael para lo que conectamos el micro que nos traía de Chile a Mendoza capital con uno hasta nuestro destino. El primero llegaba «aproximadamente» a las 6am y el segundo salía 6:30. La logística no podía ser mejor.
En el momento en el que hicimos este viaje, ir a Chile a hacer compras (sobre todo de tecnología) era el boom y por eso nuestro paso por la aduana no fue lo mejor. Llegamos a eso de las 2 am y, para ese tiempo, teníamos 5 micros adelante en la fila para cruzar.
No sabemos si habrá sido por la hora, por el país al que entrábamos o por las condiciones climáticas pero el trámite fue bastante nefasto. La fila habrá durado unas 3 horas y una más entre que hicimos migraciones, revisaron todas las valijas, se pagaron multas por cosas compradas y se volvió a subir al micro para arrancar.
A esas alturas ya sabíamos que no íbamos a llegar al tomar el micro de conexión que habíamos sacado a San Rafael. Llegamos a Mendoza al rededor de las 13 y, después de intentar cambiar el pasaje que habíamos sacado sin suerte, compramos uno nuevo.
Pero después de todo llegamos a San Rafael, donde nos tomaríamos un colectivo hasta nuestro próximo alojamiento por la ruta 173, bastante alejado del centro pero a sólo 2 horas caminando del Cañón del Atuel.
Nuestos últimos días iban a ser tranquilos y relajados, sin mucho para hacer pero sí para descansar.
Quizá lo tomamos muy literal porque Ágatha Cabañas no tenía señal y, como no era temporada y casi todo estaba cerrado, tampoco muchas opciones para comprar comida o salir a comer. Un club de pescadores a 2km con una despensa auspició todos nuestros desayunos, almuerzos y cenas.

Ágatha Cabañas
Y aunque no lo sabíamos en ese momento, El Mundo a Pie empezaba a asomar y las largas caminatas se convertían parte de nuestra rutina para descubrir lo que nos rodeaba.
Partimos hacia el Cañón del Atuel. 9.5km de ida y de vuelta a la par del río en un camino que no dejaba de asombrarnos. Después de tanta caminata llegamos al embalse. La vista no podía ser más increíble. Si van en temporada aparte de disfrutar el paisaje, se pueden realizar distintas actividades como Raffting, kayak o etc.


Las vacaciones llegaron a su fin, el micro nos llevó de vuelta a la capital mendocina y un avión a casa.
Y cuando hicimos un balance de nuestras recientes vacaciones, nos dimos cuenta que si bien la prioridad era el descanso, una vez más terminamos conun itinerario cargado de kilometros. Cada uno de ellos valió la pena, tanto en Chile como en Mendoza, una ciudad tan hermosa que tanto argentinos como extranjeros deberían conocer.


















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