¿Cuántas veces leemos que los viajeros extrañan sus casas? ¿Que viajar es hermoso pero estás lejos de todo, que te perdés cosas, que en realidad no es todo tan maravilloso como se ve en Instagram?
Y puede que realmente sea así. No es fácil dejar atrás la familia, los amigos, nuestras cosas.
Pero nosotros todavía estamos acá y, para ser sinceros, sólo pensamos en irnos: en 45 días nos tomamos un avión hacia nuestro sueño: Vivir por un año (al menos) en Europa.
La idea surgió, como no podía ser de otra manera, en el subte.
Enero de 2019, calor, el transporte en cuestión funcionaba mal (para variar) y nosotros nos encontrábamos en la misma situación de siempre: volviendo de trabajar 9 horas en lugares que no nos gustan y haciendo cosas que no nos interesan; intentando llegar a fin de mes; pagando alquiler, expensas, servicios, comida y, por sobre todo, queriendo escapar de una rutina insoportable.
Al volver de nuestro viaje a Europa en el 2018 me encontraba diciéndole a la gente cosas como «el subte nunca lo esperamos más de 3 minutos en ningún país» o «la gente no se para del lado izquierdo de la escalera mecánica». Después de todos los monumentos, la historia y las culturas que habíamos visto, esto era algo que no podía dejar de mencionar.
La verdad es que, vamos a ser sinceros, cuando volvimos estábamos de mal humor. No por haber vuelto en sí, sino porque todo allá (a nuestros ojos tercermundistas) funcionaba bien: el transporte público era puntual, la comida y la ropa eran baratas y los precios no aumentaban cada semana. Las necesidades básicas estaban cubiertas. Y acá, lamentablemente, eso falla. En Argentina no hay oportunidades para los jóvenes, no podemos comprar casas o pensar en tener una familia. A veces, algunos ni siquiera podemos pagarnos la facultad para terminar nuestra carrera. Y uno se cansa de ver que los esfuerzos no significan nada, que sólo se vive para poder llegar a fin de mes.
No podía dejar de pensar que, a sólo unas horas de viaje, todo fuera tan diferente. Todo lo que pasaba en Argentina lo comparaba con Europa. Y siempre salíamos perdiendo.
«Tiene que haber algo mejor»
No voy a decir que «nacimos para viajar y ser almas libres», pero no queríamos quedarnos sentados sin hacer nada por cambiar nuestras vidas que no nos hacían del todo felices.
Por eso, ese enero de 2019 empezamos a soñar con lo que ahora nos falta tan poco para vivir.
Tan poco que, para ser sincera, no veo la hora de irme.
Tacho días en el calendario, busco los lugares a los que me gustaría ir, espero que alguien saque el tema de «la visa» para poder hablar ininterrumpidamente de mis planes.
Pienso en irme cuando me despierto a la mañana, cuando camino con la marea de gente por la 9 de julio, cuando estoy en el trabajo y no se pasa el tiempo, cuando vuelvo a mi casa en el tren, cuando veo turistas en la calle, cuando salgo a caminar.
No puedo pensar en otra cosa.
Pero últimamente estoy cayendo en la realidad: me voy a vivir a Europa por un año. Un año en el que voy a estar lejos de mi familia que es enorme y a veces conflictiva pero la mejor del mundo, de los mates a las 9 de la noche con la familia Mauro y de mis primos. Un año en el que no voy a comer más «tortitas negras» que me compran mis abuelos cada vez que voy a visitarlos, no más salidas con mi hermana que me hace la persona más feliz del mundo. Por un año no voy a tener más las tan necesarias cenas de jueves a la noche con mis amigas, ni voy a jugar «picaditos» de hockey con gente que casi no conozco pero que alegran esas horas y medias que duran.
Todas estas cosas y más son las que dejo de lado para perseguir nuestro sueño. Mauro y yo y una cultura desconocida, un idioma que apenas estamos aprendiendo, una vida totalmente diferente.
Tengo unas ganas tremendas de irme. Tantas que no puedo ni esperar. Pero en el medio quiero disfrutar cada día de los 45 que me quedan como nunca, porque un año es mucho tiempo y gente como la que dejo acá, en Argentina, no se consigue en cualquier lado.
Cande Catania
@elmundoapie.travel
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