22 de marzo (o el día que no fue)

Hoy empezaríamos nuestro Camino de Santiago. Un tren de Madrid a Pamplona y a caminar los primeros de tantos kilometros. De 670, para ser exactos.

Son muchos los que se sorprenden al leer o escuchar esa cifra. Y es que el Camino, aún cuando no se haya hecho, resulta ser algo increíble. Imaginar esas distancias y sentir las ganas de realizarlo habla mucho de las sensaciones que genera. La peregrinación nació hace centenares de años producto de la fe de muchos cristianos y los acercaba a los restos de Santiago el Mayor, uno de los apóstoles más destacados de Jesús de Nazaret.

Claro que con el correr de los años (o siglos), el sentido de esta ruta fue mutando. Desde hace un tiempo El camino de Santiago es una meta a los que muchos se apuntan por motivos religiosos, físicos, de superación o turismo, entre tantos otros. Cada peregrino le da su significado.

Para nosotros sería el comienzo de algo nuevo. El quiebre de nuestras rutinas con el afán de encontrar un mayor provecho a los días. Aventurarse a que el viaje juegue su rol y surjan experiencias, vínculos, oportunidades y buenos momentos. Aprender a disfrutar de lo simple, conocer paisajes impresionantes, poder ver un cielo estrellado sin luces de ciudad y, sobre todo, superarnos a nosotros mismos día a día, juntos.

Empezamos a soñar con El Camino hace más de un año. Un típico domingo por casualidad (o causalidad) vimos la película «The Way» y, desde ese momento, las ganas de hacerlo empezaron a crecer en nosotros.
Sabíamos que de la forma que lo queríamos hacer, El Camino nos tomaría más de un mes. Tendríamos que viajar a España, renunciar a nuestros trabajos, a nuestra vida de comodidades, ahorrar y mucho. Y aún así, nada nos aseguraba que hubiese algo más allá del Camino (¿volveríamos a Argentina? ¿podríamos quedarnos a vivir en Europa?) y, aunque era un giro de 180º, estábamos totalmente dispuestos a hacerlo.

El 2019 lo vivimos pensando en nuestro objetivo. Cada rato libre del día lo convertíamos en un momento para investigar sobre el viaje y los fines de semana en nuestro tiempo para prepararnos física y mentalmente de cara a él. Con el tiempo tuvimos que privarnos de un montón de gustos y actividades para poder ahorrar más y, llegado el momento, vendimos la mayoría de nuestras pertenencias (electrodomésticos, muebles, ropa, etc) para juntar así todo el dinero posible.

Y en diciembre, al fin, compramos pasajes a España. Nuestro sueño estaba a la vuelta de la esquina.
Habíamos resuelto el tema del «después»: una visa francesa de vacaciones y trabajo que nos permitía quedarnos un año (nuestras aventuras en Francia las iremos contando en el blog).
Llegaríamos el 16 de marzo a Madrid y empezaríamos El Camino 6 días después desde Pamplona. Ya estaba todo listo.

Pero nunca, ni en nuestros sueños más locos, nos imaginamos que el 22 de marzo nos encontraría en cuarentena obligatoria, sin poder salir más que al supermercado una vez por semana, atrapados en una pandemia.

Hoy estamos en el Barrio de la Concepción, a unos 40 minutos del centro de Madrid y aquí nos quedaremos hasta que el mundo vuelva a girar. Nuestro sueño está pausado pero confiamos en que pronto podremos cumplirlo.

El camino seguirá estando ahí y ya habrá tiempo para los campos de cultivo de Castilla, los vinos de La Rioja y los sabores de Galicia.
El mundo nos está diciendo que para seguir recorriéndolo, primero hay que parar y así lo haremos.

Ultreia

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