Uno puede llegar a un lugar por muchísimos motivos. Pero cuando viaja, principalmente hay dos circunstancias que nos llevan a sitios increíbles pero no tan conocidos: la casualidad y la recomendación. Desde que llegamos a Montpellier mucha gente nos mencionaba un tal «Sète» y luego de unas semanas decidimos ir a conocer ese lugar qué tanto nos vendieron. La recomendación defrauda o conforma, no suele haber más.
Pero en este caso Séte no sólo conformó, sino que fue un poco más allá.
A tan sólo 20 min en tren desde Montpellier se encuentra este destino lleno de valores. Su centro, sus playas, su bosque, su monte, es difícil ordenarlos en escala de belleza.

Para ir tomamos un tren de la compañía SNCF en la Gare Saint Roch. Apenas llegamos paseamos un poco por las callecitas del centro y nos adentramos en el Mercado des Halles. Allí van muchos lugareños a comprar pescado fresco o a comerlo, pero para las 2 de la tarde eran muy pocos locales los que aún estaban abiertos.
Sin dar más vueltas, nos fuimos directo a la playa a comer los sandwiches que llevábamos preparados (porque siempre es un buen plan). Caminamos entonces desde el Théâtre de la Mer -el cual vale la pena apreciar- hasta la Plage de la Fontaine (cualquiera está bien igual para tirar la manta y pasar la tarde). Un paseo costero con vistas impresionantes.

Paseo Costero 
Plage de La Fontaine
Sète fue construída a pedido de Louis XIV en el año 1666, siendo el primer puerto pesquero del Mediterráneo. Más de 300 años pasaron y, aunque seguramente cambió y para mejor, algunas cosas aún parecen mantener la esencia. Por ejemplo, a fines de agosto aún se practican las justas náuticas, donde en las Fiestas de San Luis, dos embarcaciones se enfrentan mediante un representante subido a una plataforma con escudo y lanza con el afán de tirar al adversario al agua.
Pero es sin duda La Pointe Courte el sitio que parece un viaje en el tiempo. Un pequeño barrio en la que sus habitantes «pointus» deben ser parientes lejanos de Popeye. Las calles, que van desde «travesía de los pescadores» a la de los «remeros», son dignas de documentar. De hecho, el barrio se hizo conocido en 1955 con el estreno del film que lleva su nombre. Su director fue Agnés Varda y, por supuesto, cuenta con una calle allí.
El bosque Pierres Blanches es un lugar ideal para ir a caminar o simplemente sentarse a observar las increíbles vistas de Sète desde la altura. Desde allí se pueden observar, no sólo los 12km de playa de la ciudad, sino también los viñedos y el estanque de Thau. De él sale una de las estrellas de Séte: la ostra (huîtres en francés). No hay sitio en esta ciudad que no las ofrezca.


Siempre que uno recibe una recomendación de un sitio al que ir, debe venir acompañado de algo de gastronomía. Viajes y comida van de la mano. En Sète es obligación probar un Tielle (eso decían y después entendimos porqué). Una especie de tarta rellena con pulpo troceado y muchísima salsa de tomate, con un dejo picante. El sabor es un lujo y, por el precio que uno paga, mejor verlo así.. 3,40 euros la porción.

Sin duda todo aquel que pise Montpellier alguna vez y lo haga por varios días, debe hacerse una escapada a Sète. No por nada muchos sueñan con instalarse allí. Algunos la llaman «La Venecia de Languedoc»… quizá por sus puentes y canales o quizá porque enamora.








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