Si algo aprendimos en estos últimos meses es que cuando emprendemos un viaje sin mucha planificación, nunca se sabe a ciencia cierta a dónde ni cómo podemos llegar. Y si a la improvisación de ruta le sumamos la fuerza de las redes sociales, el resultado son aventuras inimaginables.
La nuestra empezó revisando las solicitudes de mensajes en facebook, donde nos invitaban a hacer un woofing en Los Alpes franceses. Y sí, pese a que cuando escuchamos “Alpes” pensamos en Suiza, chocolate y Heidi, esta cadena montañosa abarca 8 países, entre ellos Francia.


Acá venimos, entonces, a contar nuestra experiencia de dos meses (desde fines de octubre hasta fines de diciembre) en la montaña, con lo bueno y lo malo. Porque no todo es lo que vemos en las imágenes de Google al buscar “Los Alpes”.
Le Haut Breda (Rhône-Alpes) fue la comuna a la cual llegamos desde Grenoble (una de las ciudades más grandes dentro del costado francés). Era un día hermoso de sol y los 20 minutos de viaje desde la estación hasta la casa donde viviríamos fueron suficientes para enamorarnos. En cada curva cambiaba la vista de las montañas, aparecían y se esfumaban según atravesábamos o dejábamos atrás los bosques.

Así y todo, la mejor postal la encontramos una vez que llegamos a la casa donde nos quedaríamos. El jardín salía directo a un lago y si alzábamos la vista se encontraba el macizo Belledonne.
Pero no todo sería color de rosas. La casa, en muchos aspectos, dejaba mucho que desear. Era tan grande (hablamos de un lugar con unas cinco piezas, tres grandes salones, tres cocinas, otros tantos baños y algunos depósitos) como vieja y había mil trabajos por hacer. Por empezar: orden. Mucho orden.
El objetivo del voluntariado era ayudar en la construcción de una cabaña en el medio del terreno, lo que era prácticamente un bosque. Eso ya lo contaremos en otra nota sobre los woofings.
Pero ahora es tiempo de hablar de la vida en la montaña. Cuando uno es bicho de ciudad, de edificios, de asfalto y principalmente de departamentos, hay algo elemental que no tiene en cuanta al llegar a un lugar como este: los zapatos. Para la mayoría de los habitantes de la montaña es parte del ABC quitarse los zapatos al entrar en la casa. Y sí, entre tanta tierra, nieve y demás hierbas es lógico que quieran mantener la “casa limpia” lo más posible. Si bien no era el caso, no nos costó mucho habituarnos a esta práctica. Sobraban los pares de «crocs» para todos aquellos que llegaran.

Un punto muy a favor de este tipo de vida es que, si bien hay mucho para hacer, el horario no es algo que suele preocupar demasiado. El día suele tomarse con mucha calma. Aún en invierno, cuando el sol se pone a las 15:30 y a las 17 ya es de noche.
Otro punto importante es la calefacción. Si bien estamos en el 2021, un poco por amor al pasado y un poco por el goce de lo natural, en la montaña se utiliza y mucho la leña. Prácticamente todas las casas tienen a un costado su stock de madera, muchas veces recuperada del bosque más cercano. También entra en juego la economía: vivir en un lugar tan frío y tener que calentar casas tan grandes es un gasto tremendo si se hace con electricidad. Este punto era un tema muy sensible para quién nos hospedaba que cada mañana -antes o después del desayuno- nos hacía la cuenta del gasto que tenía si usaba o no las estufas, acompañado de su discurso “la vida en la montaña requiere de mucho trabajo”. Y, si bien es cierto, prender el fuego era cosa de 15 minutos, tiempo que no debería ser de mucho fastidio para alguien que quiere atender bien a sus invitados.
Si bien desde un principio estaba establecido que nos quedemos ahí alrededor de un mes, a los pocos días de llegar, el covid volvió a hacer de las suyas y en el país se decretó una nueva cuarentena. En este sentido, siempre nos sentimos afortunados de haber estado allí durante ese tiempo.
La primer cuarentena la pasamos en un departamento sin balcón en Madrid y ahora nos encontraba trabajando al aire libre, yendo a buscar agua al lago y viendo la montaña desde casi todos los puntos de la casa. El terreno tenía unos 200m de extensión, por lo que no había necesidad de ir más allá. Y cuando empezaron a alivianar las medidas y ya se podía caminar 1km a la redonda, fueron contadas con los dedos de la mano las veces que nos topamos con alguien.

Las distancias es otro tema sensible cuando hablamos de este tipo de vida. Por ejemplo, para sacar la basura había que hacer unos 250m. Sí, leíste bien. Ni hablemos de los tachos para reciclables. Los contenedores para cada tipo de material se encontraban del otro lado del lago, por lo que ir a dejarlos era hacer todo un tour. Claro que lo hacíamos con gusto, la vista de camino a la basura era increíble. En cuanto a las compras y todo eso, si no tienes auto estas frito. Imposible directamente. A la “epicerie” (almacén) más cercana eran algunos kilómetros. Al supermercado, alrededor de 15.
Pero como casi todo, las distancias también tenían su lado bueno. Eran innumerables los senderos que había por recorrer en la zona y cada uno de ellos brindaba postales completamente distintas. Cuando las medidas sólo permitían 1km de distancia, bastaba para atravesar el bosque y llegar a la Cascada Pissou. En cambio, si partíamos de la casa y tomábamos la dirección contraria, haciámos el «tour del lago». Ya sin las restricciones, el panorama era aún mejor. Caminatas a Le Pleynet (la estación de Sky más cercana), al Refugio de la Combe Madame o a Col du Merdaret fueron algunas de las tantas que hicimos. Para cada una de ellas hubo que atravesar bosques (los cuales están siempre señalizados y tienen distintos senderos) y las vistas y recorridos eran totalmente diferentes entre cada uno de ellos. Arroyos, puentes colgantes, montaña de un lado y del otro, piedras, barro, musgo, árboles inmensos y casi ninguna otra persona. Una vez que todo se vistió de blanco, todos esos paisajes se volvieron aún más increíbles… y complicados. He aquí el tema principal de la vida en la montaña: la nieve.

Para quienes vivimos en ciudades como Buenos Aires, donde la nieve aparece cada 10 años o más y por esos milagros de la naturaleza, llegar a un lugar como Le Haut Breda y vivir la nieve de esa manera fue una experiencia increíble. Pero, como siempre, no todo lo que brilla es oro. En estos casos hablamos de mucha, mucha nieve. Como en las películas, sí. Si con el rocío solamente el césped se volvía blanco y el lago se comenzaba a congelar, una vez que llegó la nieve, fue para quedarse. Para ese momento es que aparece uno de los elementos fundamentales en la vida del habitante de la montaña: la pala. Ante la primer gran nevada, la terraza de la cabaña estaba completamente cubierta, por lo que fue parte del ejercicio matutino comenzar a despejar el camino. Entre la cantidad de nieve y la diversión del perro de agarrar toda herramienta/zapatilla suelta por ahí y desparramarla por el jardín, muchas de cosas quedaron bajo el manto blanco y no serán hasta el verano que las volverán a ver (podemos dar fe de ello).

Otro de los puntos complicados de la nieve es el auto. Cada vez que se vaya a utilizar hay que quitarle toda aquella nieve acumulada. Y si de autos hablamos, la previsión del clima es algo que no puede faltar. Si bien los pronósticos pueden fallar y la naturaleza a veces es impredecible, pecar de sabérselas todas y no chequear antes de salir por un largo rato puede ser un error inmenso. Así le pasó al testarudo de nuestro host, que miraba el tiempo en una página que jamás le pegaba al clima y lo padeció el día que salió a hacer las comprar por algunas horas. Según él no iba a nevar esa noche (estaba ya pronosticado desde hacía días) y salió como si nada a la tarde para hacer unos trámites y luego pasar por el supermercado. Durante ese tiempo no sólo nevó, sino que cayó probablemente la mayor cantidad de nieve en los dos meses que estuvimos allí. Para nuestra sorpresa, llegó a la casa ya entrada la noche y caminando (no recibimos ningún aviso porque la señal de celular es otro tema en este tipo de lugares). ¿Por qué caminando? el auto había quedado atascado en la nieve a unos 300 metros de llegar. Así que a agarrar la pala, maderas y a hacer todo tipo de maniobras para poder quitar la nieve del camino, de las ruedas y lograr avanzar hasta llegar. Todo esto, claro, mientras continuaba nevando y a la luz de la luna. Una experiencia entrañable, desde luego.
Pero aún con sus contras, la nieve fue lo mejor de la montaña. Ver nevar, ver como de a poco (día a día) todo se cubre de blanco, cómo el día es brillante cuando el sol pega, los peores resbalones de la vida, caminar y tener nieve hasta las rodillas. Lo mejor, pistas de culipatín por todos lados. Todo se disfruta más y es mucho más lindo con nieve. Sobre todo para nosotros, que era la primera vez que veíamos tanta.
Y si tienen la suerte de vivir (aunque sea por unos días) en la montaña, también tendrán la suerte de ver un cielo lleno de estrellas. De esos que no captan las cámaras de fotos pero que quedan grabados en la memoria para siempre.

Navidad haciendo culipatín 
Nuestro primer hombre de nieve
Después de todo, con sus pros y contras, creemos que este tipo de vida hay que experimentarlo alguna vez. No todo es cuento de hadas, pero no está para nada mal.
Al fin y al cabo, “la vida en la montaña es todo un trabajo” pero la paz que transmite vale cada metro que se hace de más. Y cada pala de nieve que quitamos del camino, ese momento donde disfrutamos de verla caer.












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